La taza del Guggenheim(07/06/05)
El museo. Tan espectacular, tan fuera
de todo lo normal... todos quiséramos un pequeño reducto como
este para nosotros mismos. Pero sin embargo, como todos los mortales, el único
placebo posible es pasar por la tienda de recuerdos y llevar un pequeño
fetiche que nos evoque tan extraordinaria experiencia. Un buen libro, un par
de postales. Y en la estantería frontal, brillante y original, una taza.
Pasan los kilómetros, pasan los días, pero no pasa el recuerdo
de aquella nueva forma, de aquel nuevo espacio. El libro es rápidamente
ojeado, suscitando más preguntas que respuestas, cosa buena esta en un
libro. Las imágenes marcan otros libros, y las láminas adornan
otras paredes. Y llega la hora de tomar un café en la nueva taza. Café
instantáneo, para qué engañarnos, de estos que transitan
entre el final de la comida y el principio de la tarde. Tal vez la taza pueda
convertirse en amuleto de buenas ideas. Un minuto de microndas será suficiente.
Pero no. Será mucho menos. El segundo segundo provoca la microtormenta
de rayos que implica meter cualquier objeto metálico en este “nuevo
puchero” de las cocinas. Será optar por tomar el café frío.
O por cambiar de taza.
Esta situación me ha hecho pensar mucho en la taza del Guggenheim. Curiosamente,
soy coleccionista de tazas. Sin embargo esta no pretendía pertenecer
a mi colección. En ella sólo incluyo piezas elaboradas a mano.
Siempre me ha entusiasmado el observar como un hecho tan simple como el de beber
ha podido generar objetos tan hermosos. Y uno ve cómo hay arte y artesanía
en el mundo desde que este es tal. Artesanía, en lo que se refiere a
la transmisión de un conocimiento, de una sabiduría que va lavando
la forma hasta su máxima perfección. Arte, el necesario para que
el hijo contradiga la enseñanza del padre, y con su rebeldía pueda
llegar a superar a este, para hacer de su genialidad artesanía que enseñar
a su hijo. Y otro hijo, y otro arte.
En la arquitectura ocurre lo mismo. Miles de discursos se mezclan, se enfrentan
y se alían en torno a la función y a la belleza. Asentimos ante
la necesidad de la utilidad pero renegamos de su exclusividad. Jamás
copiamos, reinterpretamos. Y en estas discusiones el tiempo sigue su camino,
y el mundo, con la gente y con el tiempo. Y a cada día que pasa, nuestras
obras generan más chispas al incorporarlas en este microndas que es la
ciudad actual. Y al edificio que no centellea lo tildamos de anodino, o aún
peor, ni lo tildamos. Al centelleante, si bello, jamás le penalizamos
su pequeña ira eléctrica, aún asumiendo su acelerado deterioro.
Sin embargo, aún no nos hemos preguntado por la verdadera demanda de
aquellos a quienes va dirigida nuestra obra.
Habrá quienes, por tal de degustar su café en una bella taza,
prefieran tomarlo frío, o enciendan el viejo hornillo para calentarlo
en su cacerola de toda la vida, y friegen ambas piezas con esquisita habilidad,
maldiciendo al inventor de semejante máquina infernal. Otros serán
capaces de introducir su infusión en esperpénticos envases de
plástico, optimizados para la mayor ganancia térmica en el menor
periodo posible. Yo quiero tomar mi café en una bella taza, que me sirva
como taza, pero que la la vez me hable de otras tazas, o de todas las tazas.
Y si las cocinas actuales tienen microndas, deberá servir para él.
Sin dejar de ser bella. Sin dejar de ser taza. No quiero soñar con el
día en que no existan microndas, así como no quiero soñar
con el día en que no exista la artesanía y el arte. Porque la
arquitectura debe evolucionar con el mundo, con el tiempo y con sus gentes.
Por muy crítica que sea, por muy contraria que se proponga, al menos
debe conocer el entorno en el que se desarrolla, la realidad a la que debe responder.
De otro modo, muy posiblemente la gente de la espalda a nuestras tazas, aislándolas
en el estante superior de la cocina, junto a aquel brazo-robot que le encajaron
a nuestra madre, o en alguna vitrina iluminada de la sala, pero siempre lejos
de su verdadera esencia, lejos del paladar de la gente. Después podremos
hablar de la calidad de la mezcla, de la correcta temperatura o de lo evocador
que es el aroma a café. Pero hagamos ser a las tazas tazas, y a los edificios,
edificios. Consecuentes con su tiempo y con su función. Sé que
existen edificios que aún no son reconocidos como tales, pero también
existen “cosas” que ya no podemos llamar edificios. Y sálveme
nadie de pensar que me refiero al Museo Guggenheim. Gehry ha hecho sin duda
la más bella taza del mundo. Yo, yo sólo hablo de la taza.
Víctor Moreno Jiménez