¿QUIÉN ME LEE? (7/11/07)

Noviembre nunca ha sido un mes especialmente bueno. Sin motivo aparente alguno, suele ser un periodo en le que concurren circunstancias complejas, tiempos de espera y exceso de responsabilidades (generalmente desproporcionadas respecto a los derechos adquiribles)

Este en concreto lo está siendo con especial virulencia. Ya es sabido por todos la crisis en la que está no tanto el sector de la construcción sino sus integrantes. Las conversaciones sobre las posibilidades de negocio se han tornado en justificaciones sobre el estancamiento. La valentía (a veces temeraria) se ha convertido en miedo. Los beneficios en posibles pérdidas… y si bien todo sigue igual porque poca gente habla de la calidad de las viviendas o de las posibilidades de un mercado inmobiliario mucho más maduro, es cierto que el cerco de pesimismo a veces desespera (que nunca deprime).

Hace tiempo que optamos por bajarnos de la ola del boom inmobiliario. Y que decidimos apostar por la calidad en nuestro trabajo. Esperábamos esta situación. La deseábamos en la medida en que permitiría volver a situar nuestro trabajo como estudio de arquitectura en un lugar más responsable en la cadena de trabajo.

 

Creemos en la responsabilidad que la sociedad pone en nuestros hombros sobre cada proyecto que firmamos. Responsabilidad no sólo técnica, sino ética. Cuando muchos esgrimen los privilegios que detentamos, pocas veces sopesan esta faceta de nuestra profesión. Y ahora que se presenta como incuestionable la necesidad de llenar de contenido y de técnica la edificación en nuestro país… nos quieren relegar a una enseñanza media.

No nos preocupa nuestra situación personal. Lo que valgamos o dejemos de valer, sólo nuestro trabajo será el responsable de demostrarlo. Ningún título ampara la ineficacia (salvo el de Notario, según la leyenda urbana, tienen asegurados sus ingresos por contrato). Si algo tiñe de tristeza el futuro, es la espalda que esa misma sociedad nos da como colectivo. Hace tiempo que vengo criticando la dejadez en nuestras funciones. Paralela al incremento en la carga burocrática y legislativa, qué duda cabe, pero no justificable en ningún caso. Un arquitecto debe responder de sus obras. Y tan solo hay que mirar a nuestro entorno urbano para asumir el rubor que debería expresar nuestro gesto. Recuerdo Berlín. Sentado en los trenes, pasando por los trozos de un pasado cercano atroz, y siendo evidente mi condición de turista, tuve la sensación de que todos los lugareños miraban perdidamente al suelo del vagón. Ninguno de ellos había sido. Pero eran alemanes. Y la paradoja estaba servida.

Ahora deberán ser otros los que formen una nueva generación de arquitectos. Capaces de conjugar todo el potencial tecnológico existente en el mercado. Capaces de entender la desaparición del individualismo en este sector. Y sobre todo, capaces de entender que aún superadas estas exigencias, aún deberán rendir cuentas de un contenido ético y social en nuestros actos. Kiko Mozuma dijo: “los arquitectos deben ser los guardianes de nuestro pasado”. Pues creo que como colectivo hemos perdido esta batalla. Y aunque crea que el señor de nuestro ejército se equivoca al degradarnos en nuestro rango, no dejo de pensar que algo de razón existe. Espero que nuestra escuela de militares tome buena nota de todo lo ocurrido. De todas las bajas y deserciones que hemos sufrido en nuestras filas. Porque si sigue empecinada en mandar tiernos coroneles al frente, puede que sea nuestra singular profesión la que desaparezca del pasado futuro de nuestra sociedad.

 

Víctor Moreno
arquitecto